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En los últimos años se volvió común ver a muchas personas usando gafas de colores al caer la tarde o durante la noche. Lejos de ser una moda pasajera, esta práctica tiene una base científica clara vinculada al funcionamiento del cerebro y del sueño.

Para producir melatonina —la hormona que regula el descanso, la reparación celular y la claridad mental— el cerebro necesita oscuridad. Sin embargo, hoy estamos constantemente expuestos a pantallas, luces LED y luz artificial que alteran esta señal natural, haciendo que el cerebro “crea” que todavía es de día.

Las gafas con filtros de color ayudan a bloquear las longitudes de onda de luz que más interfieren con la producción de melatonina. De esta manera, facilitan que el cerebro reciba el mensaje correcto: es de noche y es momento de bajar el ritmo.

No todos los filtros cumplen la misma función. Las gafas amarillas son útiles por la tarde, cuando se empieza a reducir la estimulación lumínica. Las rojas ofrecen una protección mayor y son ideales por la noche, especialmente antes de dormir.

Este cuidado es clave para mantener sincronizados los ritmos circadianos, el reloj interno que regula la energía, la concentración, el estado de ánimo y el descanso. Cuando ese reloj se desajusta por exceso de luz nocturna, aparecen el insomnio, el cansancio persistente y una menor capacidad de tomar decisiones.

Reducir la exposición a la luz artificial con el uso de gafas de colores puede ser una herramienta simple y efectiva para mejorar el descanso, favorecer la claridad mental y contribuir a un mayor equilibrio emocional.



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